Querida Lucy,
Hoy me he acordado mucho de ti. He sufrido un golpe terrible, y nadie mejor que tú podría entenderme. Recuerdo que una vez me contaste cómo te sentiste fatal, hace mucho tiempo, antes incluso del estreno de Los ángeles de Charlie con Cameron Díaz, cuando tus compañeros de trabajo no recordaban la serie debido a la diferencia de edad. Este desastre pasó desapercibido ante mí hasta la terrible experiencia de hoy.
Voy a empezar por el principio: resulta que anoche tuve una cita a ciegas con un conocido de una amiga del trabajo. Sabes los esfuerzos que hacen mis compañeras por integrarme en el ambiente de esta cetrina ciudad donde nunca sale el sol. Ellas, que aún no conocen mi personalidad veraniega, sospechan que soy una especie de frígida encerrada en mi caparazón, tan apocada me tiene la ausencia de calor y luz en este mundo. Ni sospechan lo golfilla que puedo llegar a ser.
Pues bien, la cita fue un desastre. Se trataba de uno de esos hombres que basan todo su atractivo en la posibilidad de ofrecerte un futuro estable y sin altibajos, y que además estaba convencido de su poderío físico, no entiendo aún por qué. Bastante más alto que yo, con el pelo negro y engominado, vestía como un tío mío que cría caballos en la sierra andaluza y daba el aspecto de tener veinte años más de los que decía tener. Hablaba sin parar y se emocionaba con sus propias aventuras, a las que yo no prestaba atención por estar mirando a un atractivo camarero por encima del hombro, hasta que me di cuenta de cómo el vello surgía indómito de sus orejas para taparme la visión. Disponía de armas de contención masiva. Me sentía acorralada.
Así que, al ver mi escaso poder de maniobra en el local en el que nos encontrábamos, decidí criticar sutilmente la música:
-Uy, este tema es de cuando yo tenía quince años… -y me preparé para la respuesta esperada, que no tardó ni un nanosegundo: era de los antiguos.
-Osea, de ayer –y lanzó una risotada que le abrió la boca de tal manera que pude hasta haber recogido muestras de tejido de su campanilla.
Al final, mi estrategia, como es natural, surtió efecto y cambiamos de lugar. Era una taberna típica de este nebuloso y oscuro país, donde sirven exclusivamente cerveza hasta las once y media y en el que retransmitían un partido del Manchester en directo. En la esquina, un grupo de irlandeses robustos y con pecas rodeaba un cubo de botellines en hielo. Tenían montada una juerga colosal.
Ya me conoces, sabes que con los hombres soy como con los zapatos: me encapricho y lo quiero ya. Y la combinación que tenía ante mí no me iba a dejar impasible… Era alto, de pelo castaño y con aspecto de ser capaz de cogerme en volandas y sostenerme por encima del escurridor de platos de mi enorme cocina. No podía resistirme.
Mi plan, entonces, comenzó a ser más elaborado: eché un vistazo a los minutos que faltaban para el partido y me mostré simpática con mi acompañante a fin de que bebiera más cerveza de la debida mientras yo parloteaba como una cotorra amaestrada. No tardó ni quince minutos en ir al baño. Qué alivio. Yo le saludaba agitando la mano mientras se internaba en las letrinas de aquel antro, y a la vez mantenía a mi objetivo al alcance de mi mirada. En cuanto cerró la puerta, con una rapidez y agilidad casi imposibles en un ser humano, llevé a cabo las instrucciones que me había repetido mentalmente: abrí el bolso, cogí un lápiz de ojos y detrás de un recibo de la lavandería garabateé a toda prisa mi nombre y mi número de teléfono. Sabes que no soy buena recordando números de teléfono o cualquier otra cosa que tenga que ver con cifras, así que esta tarea fue especialmente difícil para mí. Con decisión, y sin dejar de vigilar la puerta del baño, me acerqué al grupo de irlandeses que parecían tentetiesos a esas alturas de partido e ingesta de alcohol, y en su propio idioma me dirigí al galán elegido:
-Shut up, don’t move, don’t look at me, take my hand and call me.
(algo así como calla y coge lo que te doy sin mirarme, que ya sé que tú no dominabas el inglés ni en el colegio)
Aunque se sintió algo confundido, supongo que en parte por las cervezas, en parte por lo extraño de mi comportamiento (luego me di cuenta de que actuaba como una heroína de Hitchcock), él cogió el papel, me guiñó un ojo y luego miró hacia delante, intentando desviar las preguntas de sus amigos, que podían alertar a mi agradable cita, a quien yo esperaba ya en el mismo sitio donde me había dejado.
Alegando que debía conducir hasta casa, bastante retirada del centro, y levantarme temprano a la mañana siguiente, conseguí que el encuentro finalizara en ese mismo instante, y el señorito andaluz pasado de vuelta y yo salimos del local, mientras mi diestra, a mis espaldas, agitaba sus dedos en señal de despedida del irlandés.
No tuve mucha suerte esa noche, a pesar de que pueda parecerte que sí, ¿sabes? Llegué a casa cerca de las once, y el teléfono sonó media hora más tarde. Era Will. Se llamaba así, el tío al que le había dado mi número. Me contó que al día siguiente volvía a Belfast, y que si no me importaba ir a una fiesta con él esa misma noche. Yo ya no tengo dieciocho, por lo que me lo pensé dos veces antes de decir que sí. Ahora recuerdo que había luna llena y eso explica muchas cosas. En fin, que me cambié de nuevo, me retoqué algo en el espejo y volví a coger las llaves del pequeño coche que tanto me cuesta mantener pero sin el que sería imposible mi subsistencia en esta ciudad ahogada de niebla.
Una vez en el centro, Will me llamaba al móvil una y otra vez ya que yo no encontraba la dirección que me había indicado y llevaba un poco de retraso. Comprenderás, después de tanto trato como hemos tenido, que a la tercera llamada yo ya no encontrase ni siquiera interesante al irlandés de los huevos que no hacía más que presionarme para que llegara al lugar donde él se encontraba, esperando de mí vete tú a saber qué. No sé qué se piensan los tíos de hoy en día.
Bueno, total, que aparqué en la primera sqare que vi, y salí a buscar el lugar que se correspondía con los números que me había dado el infatigable Will, que no dejaba de llamar, argumentando que se preocupaba por mi seguridad.
Caminaba por la calle, algo desamparada, es verdad, cuando vi a dos chicos que avanzaban hacia mí, charlando entre ellos en una lengua que me era familiar. ¡Hablaban en gallego! Mientras, seguía sonando el móvil. Cuando llegaron a mi altura, me habían visto a pesar del mal tiempo y la llovizna, se dirigieron a mí en inglés, preguntándome dónde iba yo tan sola. Qué familiares me eran esas palabras, cómo me recordaban a casa, en el fondo y más que nada por el acento que gastaban los chavales. Uno llevaba una boina y el otro un gorro de lana, pero yo podía adivinar por su forma de vestir y sus ojos, que no superaban los veinticinco: pura alegría de vivir.
¿Qué podía hacer sino responderles en castellano? Al segundo, estallaron en alegría contenida. Tenían nombres de marinero y entre los dos se podía intuir una camaradería profunda y cultivada desde la infancia. Me dieron buena espina, y decidí apagar el teléfono justo en ese momento.
Telmo y Mario me invitaron a acompañarles y anduvimos por las calles buscando un local abierto donde refugiarnos. Mientras, me contaban sus aventuras fuera de casa y nos reíamos con la familiaridad que da encontrar a compatriotas lejos del hogar. Torcían mi rumbo agarrándome del ala de mi sombrero, me pellizcaban en el brazo cuando respondía con carcajadas a sus preguntas acerca de dónde cursaba mis estudios… ¿Recuerdas cuando teníamos dieciséis años e íbamos a la plaza Mayor en vez de ir al instituto con los chicos de clase? Así me sentía en esos momentos.
De la manera más natural del mundo, confiada y apoyada en el brazo de uno de mis marineros estudiantes, les seguí hasta su residencia, donde tenían aguardiente y suficiente espacio e intimidad.
Uno de ellos era extremadamente guapo. De mirada rasgada y tez blanca, sus facciones estaban definidas de una forma muy masculina. Tenía la figura de un efebo griego tallado por Praxíteles, ese escultor que tanto te gusta a ti. Cuando nos sentamos, observé por el lugar en el que se posicionaban y por cómo Marco apoyaba su pierna en mí que, de alguna manera, gracias a su complicidad, habían llegado a un acuerdo.
Y así es como, omitiendo los detalles, terminé liada con un chico diez años menor que yo. ¿Sabes lo que eso significa? Sí, ya sé lo que me vas a decir, sus ventajas tendrá. Pues claro. Ventajas, tiene, y muchas. Ahora bien… inconvenientes, un rato. Trata de hacer un chiste utilizando un anuncio de cuando ibas al colegio. No sabes cómo me miraron cuando dije que el recepcionista se parecía a Naranjito. Y lo peor fue cuando hice un comentario acerca de que cuando éramos pequeñas no había más cadenas de televisión que la Primera y la UHF. Les hizo una gracia enorme, pero no habían oído hablar de esas siglas. Tampoco conocían a Espinete, ni a Don Pimpón, ni a las mamachicho. Y cuando Marco y yo nos quedamos a solas, después de una sesión de sexo brutal y agotadora que duró casi quince horas (…y he aquí una de las ventajas), me confesó que se había enamorado de mí y comenzó a hablar de alquilar juntos una casita con valla blanca y conejitos.
¿Y ahora… qué hago?
Autor : Lucy in the Sky




Por manuel - Jan 16, 2008 | Responder
hola
buena historia
Por kamel - Apr 4, 2008 | Responder
muchacha o señorita
le quiero decir que en su cabezita tiene muchos pajaritos y haciendo cuentas de la edad que tiene le sugiero que vaya madurando ya de una vez haver si acertamos.
soy el pilladas esto es una broma su articulo me ha conmovido esta muy bien
Por kamel - Apr 4, 2008 | Responder
señorita
le quiero decir que en su c@bezita tiene muchos p@jaritos y haciendo cuentas de la edad que tiene le sugiero que vaya m@durando ya de una vez haver si acertamos.
soy el pilladas esto es una broma su articulo me ha conmovido esta muy bien
Por linda - Jun 14, 2008 | Responder
hola,
la verdad me encanto la historia,
y bueno sigue lo que dicte el corazon
total, es peor arrepentirte de lo que no haces!!!
un beso