Jan
20th

Sindrome de Sisifo

Archivado bajo Idiotas adorables | Publicado por admin

sisifoHace algunos años mi entretenimiento preferido a la hora de la siesta consistía en comer uvas y leer una y otra vez, a la luz de la ventana, El mito de Sísifo, de Albert Camus. De vez en cuando, también leía el discurso del representante de la religión cristiana en Orán, que en La peste ocupa varias páginas. Este libro me sedujo y logró ganarse toda mi atención, pero, desde luego, el que trata acerca del personaje mítico y su representación del sinsentido del hombre actual, contiene la esencia del absurdo condensada entre sus líneas, y es a esta obra a la que debo las horas más deliciosas que pasé conmigo misma.

Camus abre El mito de Sísifo de la siguiente manera: Sólo existe un problema filosófico importante: el suicidio. Y a lo largo de sus páginas retrata el absurdo de una existencia cuyo sentido desconocemos, al igual que Sísifo desconocía el sentido de empujar la enorme piedra que le habían asignado los dioses del Olimpo cuesta arriba, hasta la cima de la colina en el Tártaro, para después dejarla caer y volver a comenzar su tarea.

El hombre que Camus conocía, que, a pesar de la revolución tecnológica y la nueva dimensión global de la comunicación continúa, al menos a nivel de conciencia, siendo el mismo, se levantaba temprano, se ganaba un jornal diario, vivía sus pequeñas miserias y sus limitados triunfos, se reproducía y moría sin haber encontrado una razón a todo su trabajo, perdido en el enorme conglomerado nacido de la revolución industrial.

El hombre absurdo se distancia de la realidad y la ve desde fuera, como si estuviera sentado en un sillón contemplando el pase de diapositivas de su vida; la concepción de las normas sociales y culturales que debe acatar es similar a la que un actor tiene del texto que va a interpretar sobre un escenario, mientras entre bambalinas se ríe de la suerte que le ha tocado a su personaje. Al fin y al cabo, cuando la representación termine y el telón caiga inexorablemente, a él no le importará si el rol que le fue asignado sobrevive o no, si se perpetua en el tiempo o alcanza la gloria. Esto sería llevar demasiado lejos su amor por su profesión. En este sentido, Aquiles, quien sacrificó un paseo placentero por la vida por garantizar el eco eterno de su nombre, sería el justo contrario al hombre absurdo descrito por Camus.

Sísifo es, a mi juicio, el mejor ejemplo del que pudo echar mano el autor, debido a su personalidad, empuje y sentido del humor. Héroe astuto y escurridizo, desafió a todos los dioses que se pusieron en su camino con el aplomo de quien intuye su futuro castigo y le hace burla al destino. Incluso a Hades, dios de la muerte.
Sísifo estaba construyendo Corinto al pie de las Geraneas cuando Asopo, un dios-río, acusó a Sísifo de haberse llevado a su hija Egina. Sísifo, mirando por los suyos, le pidió a cambio de indicarle el paradero de ésta que hiciera brotar un manantial que abasteciera su nueva ciudad, y éste le complació. Y luego no tuvo reparos en desafiar al mismísimo Zeus revelando que éste, convertido en Águila, había engañado a la hija de Asopo para cortejarla. El máximo dios del Olimpo, por supuesto, decretó su muerte. Y he aquí que Sísifo comenzó a carcajearse de todo el mundo. Reproduzco de forma poco fiel lo que, a mi juicio, debió de haber sido el diálogo entre el señor del Tártaro y el avispado Sísifo:

-Hades (llamando a la puerta de Sísifo): -Abre, Sísifo, tienes que venir conmigo.
Sísifo (abriendo la puerta): Mira que hace calor hoy… ¿Hades? ¿Qué haces aquí? No pienso ir contigo, el que recoge a los espíritus es Hermes, no tú. Y además, ¿qué llevas en esa bolsa de tela?
Hades (orgulloso y fanfarrón): Ah, querido Sísifo, esto son unos brazaletes de acero que inventó Hefesto, con ellos no te escaparás, ni siquiera tú…
Sísifo (desafiante): No doy crédito a lo que dices. Los inventos de Hefesto nunca dan el resultado deseado… Sólo hay que ver el ceñidor mágico que le regaló a su esposa Afrodita, y que sólo ha servido para que ésta le sea infiel con su hermano Ares y con muchos más… Seguro que no funciona.
Hades (indignado): ¿Cómo osas poner en tela de juicio el invento de un dios? Tu insolencia no tiene límites, desde luego… Anda, vámonos ya, que Perséfone ya tendrá la comida hecha.
Sísifo: No hasta que compruebe que ese invento podría apresarme: no voy a ir contigo sólo porque crea que podrían hacerlo, sin tener pruebas. ¿Qué pasos hay que seguir?

Entonces Hades, un poco mareado ya por los argumentos del mortal, sacó los brazaletes, se los puso e hizo una demostración de cómo no podría moverse el encadenado a ellos. Sísifo, en un movimiento grácil y veloz, se los cerró, desencadenó a su perro y le puso su collar al dios de la muerte. Qué griego no habría dado su vida por estar presente cuando Ares, dios de la guerra, llegó como un energúmeno para estrangular al culpable de que sus batallas se hubieran convertido en una pantomima y éste le contestara, burlón:

-No puedes matarme, tengo a Hades atado en la caseta de mi perro.

Nadie puede decir que, aunque más tarde el castigo fuera eterno y aburrido, rutinario y agotador, Sísifo no se lo pasara bien mientras era libre. Disfrutó como un niño.

Mezcla de existencialismo y nihilismo, del absurdo y del “que me quiten lo bailao”, todos nacemos con un Sísifo dentro que termina empujando una roca por una colina para luego dejarla caer y volver a empezar, aunque a veces tengamos ocasión de salir en un anuncio de Red Bull.

A los quince todos gozamos desmontando las órdenes de nuestros superiores, ya sean padres o profesores, por el mero placer de llevarles la contraria, por diversión. Podemos ver los primeros brotes de existencialismo agudo en la típica escena de domingo a las cinco de la tarde, cuando un joven de dieciocho se levanta sólo para comer y su madre le pide que haga la cama. «¿Para qué la voy a hacer si en un par de horas voy a volver a deshacerla?»

Brotes de brillantez deductiva que, a golpe de facturas y deudas contraídas, decepciones, burocracia y amaestramiento social, van desapareciendo dando como resultado millones de Sísifos subiendo sus personales rocas por las colinas para luego soltarlas y quejarse de su infortunio, producto de su incapacidad para abstraerse… ¿Podemos volver a tener quince años, por favor?



 

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