Un fósil de una mantis religiosa que data de hace 87 millones de años, ha sido encontrado en un revestimiento de ámbar en una mina al noreste de Japón.
Kazuhisa Sasaki, director del Museo de Ámbar de Kuji, encontró la criatura, hasta ahora la más antigua hallada en el país, enterrada dos metros bajo tierra en una mina al noreste de la Prefectura de Iwate. “Esta zona es famosa por producir grandes cantidades de ámbar” comenta Sasaki. “El depósito donde lo encontré tenía muchos otros insectos como moscas antiguas, abejas y cucarachas” explica.
El descubrimiento de Sasaki, uno de los tan sólo siete ejemplares de mantis hallados en todo el mundo que datan del periodo cretácico, arroja valiosa información sobre la transformación de las estructuras morfológicas en los seres vivos.
“Las mantis actuales tienen entre cinco y seis espinas en sus patas delanteras que les permiten capturar a su presa”, explica Kyoichiro Ueda, curador del Museo de Historia Natural y Humana de Kiakyushu. “Los especímenes del Cretáceo hasta ahora encontrados no tienen estas espinas, pero el nuevo fósil tiene dos que salen de su fémur”, añade.
Aunque el bloque de ámbar aún se está puliendo poder dar a los investigadores una mejor vista de las partes del animal, otra diferencia que se ha observado con hallazgos anteriores es que el fósil tiene pequeños pelos en sus piernas.
Todo lo anterior hace pensar a los científicos que el animal podría ser el ‘eslabón perdido’ entre las mantis del periodo cretácico y los insectos actuales.
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La extraña especie vive en la Antártida y puede llegar a medir 15 metros
El calamar fue capturado y congelado en el mar de Ross, en la Antártida
Un grupo de científicos neozelandeses trabaja ya en la descongelación de un ejemplar de ‘calamar colosal’ o ‘Mesonychoteuthis hamiltoni’, un raro animal que vive en las aguas del océano Glaciar Antártico y que puede llegar a los 15 metros de longitud, según informa la cadena británica BBC. El calamar colosal fue capturado en febrero de 2007 en el mar de Ross, una bahía antártica situada al sur de Nueva Zelanda.
Se calcula que el ejemplar capturado pesa media tonelada y ha sido ya colocado en un recipiente con agua salada que facilitará su descongelación. Una vez liberado del hielo será diseccionado y estudiado.
Se sabe muy poco sobre los calamares colosales, una subespecie aún más grande que los calamares gigantes que puede llegar a medir hasta 15 metros y vive en las aguas frías que rodean la Antártida.
“Son muy raros. Este es uno de los aproximadamente seis especímenes que se han conseguido”, explicó la directora de entorno natural del Museo Te Papa de Nueva Zelanda. El ejemplar está “completamente intacto y en una condición fantástica”, aseguró Diebel.
El primer objetivo fijado por los científicos es determinar el sexo del espécimen, aunque las primeras hipótesis apuntan a que se trata de un macho, ya que las hembras suelen ser de un tamaño mayor.
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Los ojos de Steven detectan más luz que antes, lo que le permite moverse con más facilidad. Este británico padece una enfermedad rara hasta ahora incurable, la amaurosis congénita de Leber (LCA, sus siglas en inglés). Pero, gracias a la, en ocasiones muy cuestionada, ingeniería genética ha experimentado una pequeña pero inesperada mejoría. Dos investigaciones, una británica y otra estadounidense, apuestan por esta técnica
Aunque los resultados de los citados trabajos, ambos publicados en ‘The New England Journal of Medicine’ (’NEJM’), son bastante preliminares -sólo se basan en seis pacientes-, sus autores destacan su valor a la hora de potenciar el uso de la manipulación genética en las enfermedades de la vista.
La LCA pertenece al grupo de los trastornos oculares de tipo raro. El trastorno aparece ya en la infancia y se va desarrollando, sin que exista un tratamiento que lo detenga, hasta dar lugar a una ceguera en la edad adulta (aproximadamente a los 30 años).
Las mutaciones en el gen RPE65 tienen mucho que decir en la aparición de esta enfermedad. Este fallo genético es el que provoca que la retina vaya degenerándose y que las células encargadas de captar la luz no sean capaces de cumplir con su papel.
Una copia ’sana’ del gen
Conscientes de este componente genético, los dos equipos de investigadores decidieron inyectar una copia ’sana’ del mencionado gen bajo la retina de seis jóvenes pacientes. Como medio de transporte se utilizó un adenovirus asociado y en todos los casos se insertó en el ojo más afectado.
En uno de los trabajos, realizado por expertos de la Universidad de Pensilvania (EEUU), esta técnica logró una “modesta mejoría” en el funcionamiento de la retina de los tres pacientes. Uno de ellos desarrolló una pequeña hernia en la mácula pero, según los autores, ésta no se debió al tratamiento empleado.
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