En el futuro, podremos crear máquinas conscientes
Gerald Edelman tenía pensado ser violinista, pero con el tiempo se dio cuenta de que le faltaba la pasión necesaria para emocionar al público.
Así que dejó las partituras a un lado y decidió volcarse en los microscopios, iniciando una carrera meteórica en el campo de la biología molecular. En 1972, cuando sólo tenía 43 años, ganó el Nobel de Medicina por descubrir la estructura de los anticuerpos, un hallazgo que ha sido crucial para el estudio de múltiples enfermedades infecciosas y el desarrollo de vacunas eficaces.
Poco después, sin embargo, la inmunología dejó de interesarle y empezó a obsesionarse con una de las grandes preguntas de todos los tiempos: ¿cómo funciona el cerebro?
En las dos últimas décadas, se ha convertido en uno de los especialistas más respetados en el campo de la neurociencia, y ha fundado un instituto de investigación en San Diego donde dirige a un equipo reducido de jóvenes científicos que están intentando descifrar el enigma de la consciencia. Esta semana, ha visitado Valencia para participar en el jurado de los Premios Jaime I.
“Nuestros aparatos han participado en torneos de fútbol para robots, y han ganado todos los partidos”
Pregunta.- ¿Por qué abandonó la inmunología y decidió explorar la mente?
Respuesta.- Una vez que entendí el funcionamiento de los anticuerpos, digamos que alivié el picor intelectual que me había provocado este campo de investigación. Pero entonces me entró un nuevo picor: empecé a interesarme por el funcionamiento del cerebro. Mi pregunta era: ¿cómo es posible que el cerebro sea capaz de percibir, de clasificar el mundo en diferentes categorías, de dividir el mundo en mesas y sillas, formas y colores, etcétera? Desde entonces, me he dedicado a intentar desarrollar una teoría sobre la arquitectura cerebral. Esta es una cuestión complejísima, y en eso sigo.
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